
Nada me puede causar mayor indignación y vergüenza que ver cómo los gobernantes mexicanos nos ponen en rídiculo en el extranjero.
El mexicano José Ernesto Medellín fue ejecutado en Texas, en un acto plenamente justo; no me refiero a que la corte texana haya actuado con justicia, me refiero a que Medellin merecía morir e incluso de peor manera, pero tanta no es la suerte de los familiares de las dos niñas. No olvidemos que este sujeto secuestró, golpeó, violó y mató a dos niñas de 16 y 14 años, es un maldito asesino sanguinario que merecía su sentencia independientemente de cómo se llevó a cabo el juicio.
Pero lo más deleznable de este caso fue ver a los mexicanos haciendo manifestaciones glorificando a un delincuente y peor todavía ver a nuestros gobernantes muy preocupados por este sujeto, mientras en nuestro país la ola de secuestros y asesinatos va en escalada. Ahora no me extraña por qué y no le veo un fin próximo. Aplaudo al gobernador Rick Perry por no haber cedido a las presiones internacionales y por haber llevado justicia a su pueblo.
Repruebo aunque a nadie le importe mi opinión la actitud de los medios, gobernantes y del pueblo que apoyó a ese delincuente sanguinario.
Las manifestaciones deberían estar dirigidas para exigir la ejecución de Fernando Hernández Santoyo, José Luis Romero Jaimes y Marco Antonio Jiménez. Todos estos involucrados en el secuestro y asesinato de Fernando Martí, un niño de 14 años. Tragedia que sucedía en México mientras todos estaban muy ocupados por defender a un secuestrador y asesino, de esos que tanto abundan en este país.
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